Quedarse un poco más (por Sou Harris)
- hace 3 días
- 3 min de lectura

Lloré leyendo Comerás flores de Lucía Solla. No fue un llanto continuo, sino algo que iba y venía, como si el libro abriera una grieta y luego la dejara ahí, sin cerrarla del todo. Cerraba el libro, respiraba hondo, lo volvía a abrir. Esa incomodidad que no es solo tristeza, es otra cosa. Reconocimiento, supongo.
Lo leía en la cama, a ratos. Paraba mucho. Dejaba el libro boca abajo como si así pudiera descansar de lo que estaba pasando, pero en realidad no descansaba nada. Me quedaba mirando alrededor, sin ver demasiado.
En una de las primeras frases que subrayé leí: "La primera vez que lloré por él, aprendí que llorar tenía un castigo: el silencio." Y pensé: claro. Eso era. No el conflicto, sino lo que venía después. La retirada. El silencio como forma de decirte algo sin decirlo. Y sí, como la protagonista, yo también aprendí a regularme, a no llorar tanto, a no incomodar. O a intentarlo, al menos.
Más adelante: "Seguro que no pudo escribirme porque tuvo mucho trabajo." Esa frase la he pensado yo también; tantas veces. Esa defensa automática del otro antes que de una misma, como si cuidar el vínculo pasara por explicarlo todo, incluso lo que duele. Porque todo era "amor amor amor y planes para alargar el amor", y cuando una cree que está construyendo algo importante...bueno, justifica cosas. Más de las que le gustaría admitir.
Hay un momento en el que aparece eso de "hurgar hurgar hurgar para intentar entender qué había pasado...". Y es exactamente eso. Un hurgar obsesivo que no te ayuda a encontrar nada claro, pero sin poder parar. Recuerdo haber hecho eso durante semanas, volver a los mismos chats, a las conversaciones, a una palabra concreta. Como si en algún sitio hubiese una lógica escondida. Como si todo tuviera que tener sentido. Y no siempre lo tiene.
El libro también nombra lo que muchas veces no sabemos cómo explicar: "Sabía que había hombres que gritaban, que controlaban, que humillaban, pero no sabía que era posible enamorarse de ellos." Y ahí...no sé. Hay algo incómodo en reconocer eso, porque la violencia no siempre entra gritando. A veces entra como intensidad, como alguien que parece tener más claridad que tú, más seguridad; o al menos una forma de mostrarla que ocupa más espacio que la tuya. Y sin darte cuenta, te colocas un poco por detrás, ajustándote.
Hay una pregunta que me hago y que no me gusta nada: qué habría pasado si él no hubiese terminado la relación. No me gusta porque la respuesta no es clara. Porque implica aceptar que quizás yo no me habría ido. Que habría seguido ahí, intentando entender, intentando sostener, intentando que funcionara. Y eso pesa más que la ruptura.
Aquí entra todo lo demás, lo que no es solo una historia individual. A las mujeres se nos enseña a aguantar, a pensar que el amor se trabaja, que hay que tener paciencia, que irse es rendirse demasiado pronto. Y cuando algo termina, aparece otra cosa: la vergüenza. La vergüenza de no haberlo visto antes, la de contarlo, la de pensar que fallaste en algo. No sé muy bien en qué, pero en algo seguro.
Lloré leyendo Comerás flores porque entendí que esa vergüenza no era solo mía. Que muchas hemos pasado por ahí, que muchas hemos hurgado en nosotras antes de mirar lo que nos estaba haciendo daño.
Cerré el libro, lloré un poco más y lo dejé en la mesilla. No hice nada más.



Comentarios