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Antes la culpa que el deseo (por Sou Harris)

  • 5 feb
  • 3 Min. de lectura

Aprendí antes a sentir culpa que a sentir deseo, antes a bajar la mirada que a sostenerla y antes a corregir el cuerpo que a escucharlo. No fue una lección explícita ni una advertencia formulada en voz alta. Nadie me explicó qué significaba ser mujer dentro de un sistema religioso, pero lo aprendí igual, observando qué gestos eran aceptables y cuáles no, qué cuerpos resultaban cómodos y cuáles despertaban sospecha, quiénes podían ocupar el centro sin dar explicaciones y quiénes debían aprender, muy pronto, a retirarse.


La religión en la que crecí hablaba de Dios, pero también hablaba del cuerpo de las mujeres: de cómo vestirlo, cómo ocultarlo, cómo disciplinarlo, de cuándo era puro y cuándo dejaba de serlo. De cuándo merecía cuidado y cuándo castigo. Esa enseñanza no necesitaba siempre violencia ni prohibiciones explícitas. En muchos casos bastaba la repetición cotidiana, los gestos, las miradas, las correcciones mínimas que terminaban convirtiéndose en norma.


Crecí rodeada de símbolos que transformaban el cuerpo femenino en un territorio vigilado. El deseo aparecía como una amenaza latente y la duda como una falta. Muchas de esas ideas no se decían en voz alta, pero se incorporaban igual; en la forma de sentarse, de cruzar las piernas, de medir el volumen de la voz o de calcular cuánto espacio era seguro ocupar. La sensación persistente era la de estar siempre un poco fuera de lugar, como si el propio cuerpo fuera un problema que había que aprender a gestionar.


Durante mucho tiempo creí que esa incomodidad era personal, una dificultad propia para encajar, una especie de torpeza íntima frente a un orden que parecía natural para las demás. Con los años entendí que no era individual ni excepcional, sino compartida y estructural.


La relación entre mujer y religión no es una historia simple ni uniforme. Hay fe, comunidad, consuelo y sentido de pertenencia; hay rituales que abrigan y palabras que sostienen. Pero también hay miedo, culpa y una obediencia aprendida que se instala en el cuerpo antes que en el pensamiento. Hay algo especialmente eficaz en cómo ese control se delega en las propias mujeres, que aprenden a corregirse, a limitarse y a sentirse siempre un poco fuera de lugar sin necesidad de una autoridad visible que lo exija.


Cuando una mujer se sale del guion —cuando duda, desea o decide— no solo incomoda a una creencia, sino a un orden social que ha encontrado en la religión un lenguaje legitimador. Por eso, en momentos de crisis política o cultural, el cuerpo femenino vuelve a ocupar el centro del debate: se legisla sobre él, se moraliza, se regula y se nombra desde fuera, casi siempre en nombre de valores superiores como la tradición, la familia, la cultura o la fe.


El cuerpo de las mujeres vuelve a convertirse en un campo de batalla.


Hablar hoy de mujer y religión no es solo una cuestión espiritual. Es una cuestión política, de poder, de quién tiene derecho a interpretar los símbolos y quién paga el precio de esa interpretación con su propio cuerpo, su deseo y su autonomía. No se trata de negar la fe ni de implicar experiencias que son diversas y complejas, sino de reconocer cómo ciertos discursos han moldeado cuerpos durante generaciones.


Escribo desde una fe heredada que ya no puedo habitar del mismo modo. Desde una distancia que no es cómoda ni limpia, pero sí necesaria. No para negar lo vivido ni para desautorizar creencias que siguen siendo, para muchas, un refugio, sino para nombrar cómo ciertos mandatos se incrustan en el cuerpo antes incluso de formularse como pensamiento.


Muchas mujeres siguen creciendo con la idea de que hay algo en ellas que necesita ser corregido, contenido o vigilado. Nombrar esa herencia no es una provocación ni un rechazo automático: es memoria. Y también es una forma de entender por qué, todavía hoy, el cuerpo femenino sigue siendo el lugar donde se negocian la moral, el poder y la obediencia.

 
 
 

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